Notas históricas sobre la Iglesia parroquial de San Pedro Apóstol.

La actual iglesia parroquial de San Pedro de Alcobendas que hoy conocemos es heredera de otra anterior desaparecida que ocupaba el mismo lugar. Una y otra tienen su propio pasado que forman capítulo importante dentro de la Historia de Alcobendas.

Según ciertos indicios en el lugar de la primitiva iglesia de San Pedro habría habido una Iglesia mudejar. Unos arcos de herradura de indudable factura mudejar en su ábside aparecidos tras la última reforma de 1996, y una inscripción en árabe conservada hasta otras obras de restauración efectuadas en 1760 así lo atestiguarían.

Se tiene noticia que a finales de la Edad Media el concejo de la villa de Alcobendas, como buen pueblo castellano, se reunía a campana tañida en el portal de la iglesia: “...en el porral de la Yglesia de San Pedro, donde se acostumbran ayuntar…”, “...estando nuestro concejo, a campana repicada cerca de la Yglesia de San Pedro de la dicha villa, segun que lo abemos de uso y costumbre denos juntar...“. En las contestaciones efectuadas a las Relaciones Topográficas del rey Felipe II, efectuadas en el año de 1580, era bien valorada: “en esta villa hay una yglesia buena, la advocación de la cual es del señor San Pedro”.

Sus muros acogieron, el 2 de Febrero de 1644, la pública proclamación de la Virgen de la Paz como patrona de Alcobendas, y a partir del día 10 de Mayo de 1646 presenciaron las curaciones milagrosas obradas por la imagen sudorosa del Cristo de la columna trasladada desde la ermita de Ntra. Sra. de la Paz a una de sus capillas. Milagros que originaron una gran devoción y atrajeron hacia Alcobendas y a su iglesia a gentes de diversos lugares, inundándola de exvotos: “y son tantos los milagros que hace que cada día que se extiende mucho la devoción y el concurso de gente que viene a rogativas y a traer brazos, piernas, cabezas y corazones de cera y otras cosas en señal de el agradecimiento, que esta la iglesia de ordinario llena”.

Entre los informes que periódicamente daban los visitadores del Arzobispado sobre el estado de las parroquias, el efectuado en 1651 decía de la iglesia de San Pedro que la encontraba “con la decencia y limpieza que se requiere”, si bien era “pobre y necesitada de muchas cosas”. A pesar de esa pobreza, el 25 de Marzo de 1654, profusamente engalanada al efecto, acogió en su seno el “voto y juramento del Honrado Concejo de la Mesta i Cabaña Real en reverencia i defensa de la pura i limpia concepción de la Virgen María Madre de Dios Señora Nuestra”.

De la documentación de este evento sabemos que la iglesia era “de fabrica de orden dorica en tres naves”, conociendo su aspecto gracias a un grabado intercalado entre sus páginas.

El 6 de Diciembre de 1655, en concejo abierto, se acordó la construcción de una torre, dado que en muchas casas no se oían las campanas cuando se tañían por hallarse colocadas muy bajas, siendo la causa de que algunas personas no asistieran a misa. Acuerdo que no se ejecutó hasta el año de 1673 en que comenzaron las obras: “empezose a poner el primer canto en la torre de Alcobendas a 26 de mayo de 1673 años a las cuatro de la tarde y se bendijo y se echó monedas debajo”.

Dos años más tarde, el 30 de Enero de 1675, el visitador arzobispal manifestaba que “la fabrica de esta yglesia es muy antigua y corta y esta de presente reparada con la contibucion y con lo que los vecinos dan; esta la obra de la torre que han comenzado a eregir los arcos para las campanas”.

A primeros del año 1706 la iglesia parroquial de San Pedro se encontraba necesitada de bastantes arreglos para evitar su ruina, por lo que el clero alcobendano solicitó del Arzobispado de Toledo la urgente reparación y pago de las obras por no llegar para ello sus rentas: “que allandose dicha yglesia asi por su fabrica antigua como por ocasion de las muchas llubias muy deteriorada que las maderas de toda ella amenazan ruina por muchas partes por lo qual asido nezesario apuntalar algunas para poder con seguridad entrar a zelebrar el Santo Sacrifizio de la Misa y que los vezinos la oygan y de dilatarse su remedio puede originarse muy grandes daños si combrevedad nose acude al reparo…A Vmd suplico…que quanto antes serrepare el daño y peligro que amenaza dicha yglesia teniendo presente que la dicha yglesia es tan pobre que sus rentas no alcanzan a los gastos prezisos y ordinarios”.

No fueron ejecutadas de inmediato las reparaciones, puesto que a principios de 1708 el párroco había de recordar su necesaria ejecución: “…atento a que con las continuas aguas y malos temporales que a hecho se esta undiendo dicha yglesia y si con brevedad no se acude al reparo se ocasionaran mayores gastos”.

En el año de 1753 don Francisco Javier Arias Dávila y Centurión, IX conde de Puñonrostro y Señor de Alcobendas, regalaba a la iglesia un retablo para el altar de San Antonio de Padua en el que había grabado su escudo de armas al modo usual entre la nobleza, y como un antepasado suyo lo había hecho anteriormente en una de las paredes de la iglesia. Este escudo motivó un enfrentamiento entre el párroco, don Felipe Ruiz Auzmendi y el señor conde que terminaría siendo resuelto por el Arzobispo toledano en persona.

El día primero de Noviembre de 1755 se dejó sentir en Alcobendas el seismo conocido como terremoto de Lisboa. Eran las diez y dieciocho minutos cuando la mayoría de la gente se encontraba en la iglesia asistiendo a la misa mayor del día de los Santos, cuando “observaron que las lámparas se meneaban, y aun notaron alguna pequeña oscilación del edificio; por lo que todos salieron precipitadamente de la iglesia, aunque el terremoto duró muy poquísimos minutos”. No se produjeron daños, pero la torre construida el siglo anterior quedó algo desnivelada, y por si no fuera poco, unos años después, en 1760, un rayo destrozó su capitel. Tras lo cual, en 1761, se abordaron obras de restauración, acometiéndose el embovedado y blanqueo de las tres naves y rebajándose el soportal que había para entrar al templo.

Del año 1773 conocemos una pormenorizada descripción de la parroquial de San Pedro efectuada por el entonces párroco don Juan Antonio Gómez Cuellar. El altar mayor, todo dorado, estaba presidido por una imagen de San Pedro vestido de pontífice y contenía las imágenes del Santo Cristo de la Paz, Ntra. Sra. de la Concepción y San Juan Bautista. Fuera del altar y al lado del evangelio y de la epístola se encontraban las imágenes de San Bartolomé y San Antonio Abad. Entre los demás altares destacaban el de la milagrosa imagen del Cristo de la columna y el de la Virgen de la Nave, “la imagen más antigua que se conoce en este templo”.

A partir de la invasión francesa de principios del siglo XIX se suspendieron de forma paulatina los enterramientos que de forma inveterada se efectuaban dentro de los muros de la parroquial, sin que se suprimieran totalmente hasta el 1834 en que se creó el cementerio anejo a la ermita de Ntra. Sra. de la Paz. De ese cúmulo de años en que los difuntos alcobendeños eran enterrados en el interior de su iglesia nos queda constancia de una lápida de difícil descifrado descubierta junto a un elevado número de huesos durante las obras de restauración concluidas en 1996.

El terremoto del día de todos los Santos de 1755 había producido un cierto desnivel en la torre que iba aumentando año tras año, hasta que el 12 de Mayo de 1843 el vicario eclesiástico de Madrid ordenó el cierre del templo ante la inminente ruina. Solo cinco días después la torre se derrumbó, y con ella buena parte de la histórica iglesia de Alcobendas. Iba a comenzar todo un rosario de fracasos en los intentos por parte de los alcobendanos de verla reconstruida. Mientras tanto, los oficios religiosos continuaron en un pajar contiguo a la casa de Vicente Berganza en la calle de la Unión.

Vanos fueron los intentos para la reconstrucción, pasando por una visita a la reina Isabel II por parte de los ediles del ayuntamiento en Abril de 1845, y una suscripción anunciada en varios periódicos de Madrid en los que se invocaba la piedad de los madrileños para las obras. En Septiembre de 1845, aprovechando el regreso de la reina de su veraneo en Vascongadas, el ayuntamiento salió a recibirla mostrándola las ruinas.

Días después, el alcalde Francisco García Calatrava y el párroco don Agustín Fernández eran recibidos en audiencia por e1 ministro de Gracia y Justicia.
Las buenas palabras que recibieron se plasmaron en una real orden relativa a la construcción de nuevas iglesias. Se inició un expediente administrativo y por la administración se encargó al arquitecto Juan Bautista Peyrounet la formación de planos y presupuesto que, aprobados por el gobierno, fueron remitidos a la junta superior de dotación de culto y clero, pero para desgracia alcobendeña, esta junta contestó que no tenía fondos.


En 1846, en evitación de desgracias, el ayuntamiento demolió lo que aun quedaba en pie de la iglesia, salvo el tubo o torreón que formaba el ábside y los arcos laterales que daban paso a las capillas. Había pasado un lustro desde que la iglesia se derrumbara y pese a las gestiones nada se había obtenido, salvo la entrega por la reina Isabel II de mil reales, en 1847, para los gastos de las obras. El solar que ocupara la iglesia se había convertido en un lugar tétrico e insalubre: “El pavimento de baldosa que cubriera las fosas, donde los maneo inanimados de los ascendientes y progenitores de los vecinos de Alcobendas fueran sepultados, ya no existía; por cuyo motivo alguna parte de la osamenta de aquellos se veía por do quier tirada. Aquel lugar sagrado se había transformado en un paraje insano, pues que las aguas reunidas allí en los aluviones, y alteradas y descompuestas después, emanaban y desprendían continuamente miasmas hedorosos, los que formaban una atmósfera insalubre”.


A finales de 1848, por el ayuntamiento se llegó a la convicción de que solo con recursos propios podría levantarse la iglesia, por lo que acordaron, junto con el nuevo párroco don Tomás Jiménez Blasco, efectuar una cuestación entre los vecinos. Ante el éxito de la colecta, en pleno celebrado el 1 de Febrero de 1849, el consistorio acordó comenzar las obras de reedificación, nombrándose al efecto una comisión formada por el cura don Tomás Giménez, el alcalde García Calatrava, el teniente de alcalde Tomás Oria, ei mayor contribuyente José Méndez, y el maestro de instrucción primaria Julián López. Este último solicitó de un amigo suyo, el arquitecto Luis Arias, la formación de presupuesto y planos, lo que realizó de forma desinteresada.


El 19 de Marzo de 1849 fue colocada la primera piedra, y el siguiente día comenzaron las obras, a las que se unieron con su apoyo económico los alcodendeños residentes en Madrid y otros pueblos. La comisión solicitó del arzobispado toledano los escombros y piedras de la que fuera iglesia de la deshabitada villa de Pesadilla, lo que fue autorizado en fecha de 8 de Abril de 1.849. Los carros que voluntaria y desinteresadamente pusieron a disposición de la causa los labradores alcobendeños no solo trajeron piedras y escombros de utilidad para la construcción de la nueva iglesia. Sino que, además, trasladaron la portada principal, la ventana gótica, la pila bautismal y las gradas del altar mayor existentes en la que fuera iglesia de aquel pueblo desaparecido. Tales elementos fueron aprovechados en la reconstrucción de la iglesia y son los mismos que hoy contemplamos en la parroquial de San Pedro.


El mismísimo arzobispo de Toledo visitó e inspeccionó las obras, dejando un bien recibido auxilio de 8.000 reales que alentaron la continuación de unas tareas que al 8 de Septiembre vieron el visto bueno de su solidez por arquitecto Ramón Sierra, quien de modo desinteresado se había desplazado desde Corral de Almaguer. Para llevar adelante el embovedado y la elevación de la torre, la comisión hizo una nueva colecta entre los alcobendanos, quienes nuevamente aportaron diferentes cantidades y se ofrecieron gustosos para ir con sus carros, el día 30 de Septiembre, al despoblado de Rejas para trasladar el retablo del altar mayor, una campana, la cruz del capitel de la torre y algunos otros enseres de la iglesia abandonada. El retablo de esta abandonada iglesia se colocó en el altar mayor, y aunque por desgracia desapareciera en 1936, de él tenemos noticias gráficas y su descripción en los libros de fábrica parroquiales: “El retablo es de madera con cuatro columnas doradas a fuego, lo restante es pintado figurando ramos de varios colores y remates y cornisa dorados. En su centro se halla colocado el patrón de la iglesia pintado en lienzo teniendo a sus laterales en sus urnas a Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís ambos de madera tallada y muy deteriorados, en la parte alta hay tres lienzos pintados representando la gloria y el Salvador de talla en mal estado”.


Los carros de los vecinos también hicieron el porte desinteresado desde San Fernando de Henares de mil cien fanegas de yeso que la reina Isabel II concedió para las obras, como el de doce mil ladrillos que para la conclusión de la torre donó el marqués de Alcañices, a cuyo transporte cooperaron carros de Celestino Navacerrada y Miguel García, vecinos de San Sebastián de los Reyes. Otra aportación importante fue la de 320 reales que la reina madre doña Cristina de Borbón entregó a la comisión el 30 de Octubre de 1.849. Por fin, el 17 de Diciembre de 1.849, se pudo dar por terminada la reedificación de la iglesia y torre, tras doscientos setenta y tres días de obras, cuyos gastos ascendieron a 106.968 reales, la cuarta parte del costo que inicialmente se había presupuestado en 1.844.


Llegado el día 18 de Diciembre de 1.849, fijado por el arzobispo de Toledo, don Juan José Bonel y Orbe para la inauguración y bendición de la iglesia reedificada, como no podía ser de otro modo, por la mañana temprano fue trasladada desde su ermita la imagen de Ntra. Sra. de la Paz para presidir la inauguración y bendición del nuevo templo. A las diez y media de la mañana se dio comienzo a una solemne misa que fue acompañada por un coro y orquesta dirigidos por el profesor de música don Cipriano Arroyo, vecino de Madrid, y a la que asistieron, abarrotando el templo, no solo vecinos de Alcobendas sino de San Sebastián de los Reyes, Barajas, Hortaleza, Paracuellos, Fuencarral, Colmenar Viejo y Madrid, desplazados a presenciar el histórico evento. El arzobispo Bonel quedó bastante complacido de su estancia en Alcobendas, pues pasados algunos días entregó a la comisión la cantidad, nada despreciable de diez mil reales que fueron empleados en la construcción de los altares laterales de las dos naves y en la recomposición del órgano que el vicario de Madrid había concedido, procedente de la iglesia de Santa María de Alcalá de Henares. Ha de hacerse mención a la lápida de mármol que contiene las armas de la parroquia y e1 año de 1.849, conmemorativa de la reedificación, regalo de don Mariano Lorenzo López, que hasta no hace mucho presidía la fachada principal de la iglesia de San Pedro.


Una obra ejecutada con tan cortos medios y en tan corto espacio de tiempo no hubo de resultar del todo satisfactoria, como lo atesrigua la información que en 1873 efectuara el párroco a consulta del cardenal arzobispo de Toledo: “…el estado de la parroquial es malo porque habiendose redificado de limosnas y donativos, no pudo hacerse con toda la solided posible; así que el maderaje de techumbre se entablara en malas condiciones, y sus paredes necesitan por el interior y exterior un poco de adorno arquitectónico para su mayor suntuosidad y respeto”.


Con motivo del segundo centenario del milagro de la multiplicación del vino por intercesión de Ntra. Sra. de la Paz celebrado en 1877, se fundió una campana de la torre que se encontraba rota y con su metal se hizo una nueva con la inscripción de “conmemoro el 2° centenar del Milagro de la reproducción del vino”. También se acometió el blanqueo de la torre y naves por el alcobendeño Julián de Castro.


En 1.891 se realizaron obras de mejora y acondicionamiento a las que contribuyó con 2.000 reales el filántropo marqués de Cubas, don Francisco de Cubas, quien, igualmente costearía en 1894 la mayor parte del precio de los 1.000 reales pagados por el ascensor construido para subir y bajar a la Virgen.


En el año 1921, una obra titulada “Historia de Madrid y de los pueblos de su provincia”, nos daba una idea de cómo era por dentro nuestra iglesia: “Consta la iglesia de tres grandes naves y el prebisterio está separado del resto del templo por una barandilla de hierro. Aunque deteriorado el retablo mayor no carece de mérito, e igualmente son con justicia estimadas algunas imágenes y pinturas. En la pila bautismal, de piedra berroqueña, está escrito el Credo, en caracteres góticos y en latín”.

En 1936, fruto del clima anticlerical imperante, la iglesia fue objeto de airados actos vandálicos en los que, además de la destrucción de muchas imágenes, se prendió fuego al retablo que había sido importado, casi un siglo antes, de la pequeña iglesia del desaparecido Rejas. Con ello desaparecía buena parte de las pruebas históricas del pasado de nuestra iglesia parroquial y de nuestro Alcobendas. En la posguerra se abordó una importante reforma que, paliando aquellos destrozos, la dotó del retablo mayor que hoy conocemos. Por último, en 1996, se realizaron las últimas obras de mejora.